jueves, 29 de diciembre de 2011

TREINTA Y SEIS



Sentada en el suelo, mirándome mientras me calentaba las manos con una taza de té, Pau empezó a contarme como había decidido, después de dos semanas en el infierno, dejar su trabajo.

La ruptura con Iván, las horas interminables, la disponibilidad absoluta, ... Cómo, un día, de pronto empezó a darse cuenta de todo. Estaba en una relación que no la llenaba (en ese momento, ahora sentía auténtico asco), tenía un trabajo que no le permitía tomar decisiones sobre su vida (más allá de donde iba a comprar la cena precocinada), y una cosa llevó a la otra. Cuando dejó a Iván, pensó contárnoslo pero se complicó y cada vez se sentía más incapaz de hablar del tema. Lola lo sabía porque, una tarde, cansada de que hubiera ese abismo que intuíamos entre ellas, subió a su casa. Lola le confesó que nunca había entendido su forma de vivir pero la había respetado y, al contrario, no había sentido que Pau la correspondiese. Cuando regresó tras años en Turquía con Orham necesitaba a sus amigas más que nunca y, mientras Lola explicaba esto, Paulina rompió a llorar. Iván acababa de llamar y había llegado a amenazar a Pau, que llevaba días aguantando la presión a la que la sometía a diario en la oficina, ... Hablando con Lola, no tenía que presentarse como fuerte ni perfecta. De ahí en adelante, todo había cambiado entre ellas. Y todo había cambiado en Paulina.  Iban a cumplirse los quince días de preaviso en el banco la próxima semana y estaba pensando alquilar su piso e irse a pasar una temporada fuera.



Creo que el té se quedó helado en mis manos. Cuando conseguí moverme, lo dejé sobre la mesa y abracé a Paulina que se desembarazó de mi rápidamente murmurando que "ya había pasado todo" y "si no te importa, se lo cuentas tú a las demás porque no quiero tener que hablar de ello".

Lo sentía por lo mal que tuvo que pasarlo esos días, pero Iván siempre me pareció un trepa y un hortera, y su  trabajo, un entorno machista y explotador.



Acababa de ganar a mi asesora financiera.